Two gifts named Francis
Editor’s Note: This is the third in Bishop Brungardt’s series about Pope Francis’ “The Joy of the Gospel”.
My dad, Francis Balthaser Brungardt, was a perpetual optimist. He always saw the good in people, and saw the silver lining in each situation. He forgave people easily, usually by the end of the day. You will hear me often give his words of encouragement “Hang in there!”, his expression of the hope in Christ. Sounds like our new Francis!
Chapter two of The Joy of the Gospel by Pope Francis begins with his pastoral perspective on the challenges of today’s world, and our need of “choosing movements of the spirit of good and rejecting those of the spirit of evil” (51). He describes many spirits of evil: the economic exclusion of people, the idolatry of money, violence, attacks on religious freedom, some of our churches being unwelcoming, relativism, the attacks on human dignity and the common good, marriage and family crises, individualism, human trafficking, the narcotics trade, exploitation of minors, the abandonment of the elderly and infirm, crime, and others.
The Holy Father also praises the good work of ministers of the Gospel, yet also notes some temptations by pastoral workers, such as inordinate concern for their personal freedom and relaxation, lack of pastoral zeal, attachment to financial security, desire for power and human glory, spiritual sloth, burnout, lack of hope, a defeatism, and others.
Sounds depressing! But Pope Francis concludes the chapter with great hope in Christ: “Meanwhile, the Gospel tells us constantly to run the risk of a face-to-face encounter with others, with their physical presence which challenges us, with their pain and their pleas, with their joy which infects us in our close and continuous interaction. True faith in the incarnate Son of God is inseparable from self-giving, from membership in the community, from service, from reconciliation with others. The Son of God, by becoming flesh, summoned us to the revolution of tenderness” (88).
I was greatly blessed by my dad Francis, and now enriched by Pope Francis, and their message of putting our hope and trust in Christ our Savior, Brother and Friend. Let us be a Catholic Church that will “constantly go out from herself, keeping her mission focused on Jesus Christ, and her commitment to the poor” (97). Jesus will help us, He loves us more then we can ask or imagine!
Dos Regalos Llamados Francisco
El tercer en la serie del Obispo Juan sobre La Alegría del Evangelio del Papa Francisco.
Mi papá, Francisco Balthaser Brungardt, era un optimista perpetuo. Siempre veía lo bueno en la gente y veía lo positivo en cada situación. Él perdonaba fácilmente, generalmente al final del día. Me puedes oír decir sus palabras para animar frecuentemente “¡No te desanimes!,” su expresión de esperanza en Cristo. ¡Suena como nuestro nuevo Francisco!
Capitulo dos de la Alegría del Evangelio por el Papa Francisco comienza con su perspectiva pastoral sobre los desafíos del mundo actual y nuestra necesidad de “elegir las del buen espíritu y rechazar las del malo” (51). Él describe que los espíritus del mal: la exclusión económica de las personas, la idolatría del dinero, violencia, ataques a la libertad religiosa, algunas de nuestras iglesias son inhospitable, el relativismo, los ataques a la dignidad humana y el bien común, crisis de matrimonio y familia, el individualismo, el tráfico de drogas y de personas, la explotación de menores, el abandono de ancianos y enfermos, varias formas de corrupción y de crimen, y otras cosas.
El Santo Padre también da alabanza al buen trabajo del ministro del Evangelio, pero también nota las tentaciones por trabajadores pastorales, como la excesiva preocupación por su libertad personal y la relajación, la falta de ardor pastoral, el aferrarse a seguridades económicas, deseos de poder y de gloria humana, pereza espiritual, agotamiento, falta de esperanza, un derrotismo y otras.
¡Suena deprimente!
“Mientras tanto, el Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo. La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con la carne de los otros. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura” (88).
Yo fui bendecido grandemente por mi padre Francisco, y ahora enriquecido por el Papa Francisco, y su mensaje de poniendo nuestra esperanza y confianza en Cristo nuestro Salvador, Hermano y Amigo. Vamos a ser una Iglesia Católica de “salida de sí, de misión centrada en Jesucristo, de entrega a los pobres” (97). Jesús nos ayudara, ¡Él nos ama más que podemos pedir o imaginar!
