From crimson red to white as wool
One of our priests said he found this: When you don’t go to Confession regularly, you have nothing to say; when you do go to Confession regularly, you never have enough time to say it all.
Most of us, most of the time, have nothing to say, I suspect. This is because we have lost the “sense of Sin.” We no longer know how to detect it. We no longer know how to recognize it in ourselves. We no longer know the sad consequences of it. We can no longer see how our sins are “scarlet,” how they are “crimson red,” as Isaiah said, sometimes obvious to everyone except ourselves.
All that is a pity. For it is a fundamental intuition of the Church, a fundamental conviction, that serious sin is the greatest of all the evils that threaten us. Indeed, it is the source of all those evils. Through sin, all physical and moral and spiritual evil entered the world. It now takes a thousand forms, it now has a thousand faces. It now threatens to swamp us. Our Tradition goes so far as to say that Mortal Sin is the only real evil.
Just look at the social effect of sin. The sinful choices of individuals, when tolerated and accepted by the society around them, soon become the normal practices of that society. They become embedded in its laws and customs, in its way of life, in its way of thinking about the world, about life, about right and wrong, and about God. All we have to do is to look around us.
Our knee-jerk reaction to what is happening is “to blame others.” We blame parents. We blame schools. We blame television. We blame drugs. We blame violence. We blame anything, and everything, and everyone: except our own sinful selves. Mortal Sin is the foul source of every real evil.
Behold the Lamb of God: behold him who takes away the sins of the world. The name “Jesus” means “God saves.” He frees us from slavery to sin. Lent is a good time to re-learn these home truths. When we admit our sins, and loathe our sins, and confess our sins, he makes what is “scarlet white as snow,” he makes what is “crimson red white as wool.”
'Rojo púrpura blanco como lana'
Uno de nuestros sacerdotes nos dijo que encontró esto: “cuando usted no va a Confesarse regularmente, usted no tiene nada que decir; cuando usted va a Confesarse regularmente, usted nunca tiene suficiente tiempo para decirlo todo.”
Muchos de nosotros, la mayor parte del tiempo, no tenemos nada que decir, me imagino. Esto es porque hemos perdido el “sentido del Pecado.” Ni sabemos más como detectarlo. Ni sabemos más como reconocerlo por nosotros mismos. Ni sabemos más su triste consecuencia. Ya no podemos ver más como nuestros pecados son “rojos”, como ellos son “rojo púrpura”, como dijo Isaias, algunas veces a la vista de todos, excepto ante nuestra propia vista.
Todo eso es una lástima. Para eso está una institución fundamental de la Iglesia, una convicción fundamental, que el pecado serio es el más grande de todos los males que nos amenazan. En efecto, es la fuente de todos esos males. Por medio del pecado, todo mal físico, moral y espiritual entró al mundo. Ahora el toma miles de formas, ahora tiene miles de rostros. Ahora nos amenaza para hundirnos. Nuestra Tradición va tan lejos como para decir que el Pecado Mortal es el verdadero demonio.
Sólo miren al efecto social del pecado. Las opciones pecadoras de las personas, cuando son toleradas y aceptadas por la sociedad alrededor de ellas, pronto se convierten en prácticas normales de esa sociedad. Ellas quedan encajadas en sus leyes y costumbres, en sus formas de vida, en sus formas de pensar acerca del mundo, acerca de la vida, acerca de lo que es bueno y malo, y acerca de Dios. Todo lo que tenemos que hacer es mirar alrededor nuestro.
Nuestra reacción negativa a lo que está pasando es “culpar a otros”. Culpamos a los padres. Culpamos a las escuelas. Culpamos a la televisión. Culpamos a las drogas. Culpamos a la violencia. Culpamos todo y a todos: excepto a nuestro propio ser pecador. El Pecado Mortal es la horrible fuente de cada verdadero mal.
Este es el Cordero de Dios: contemple al que quita los pecados del mundo. El nombre “Jesús” significa “Dios salva”. Él nos libera de la esclavitud del pecado. La Cuaresma es un buen tiempo para volver a aprender estas verdades. Cuando aceptamos nuestros pecados, y aborrecemos nuestros pecados, y confesamos nuestros pecados, Él convierte lo que es “el blanco escarlata como nieve”, Él convierte lo que es “rojo púrpura blanco como lana.”