A loving awareness of God

 There are regular Church-goers who look for something more than they receive on Sunday morning.  They express a deep hunger for God.

They cast about in their pursuit of the Lord, seeking guidance.  They are drawn to the biblical one thing only.  They want to gaze on the loveliness of the Lord (Ps 27:4).   So, what is this loveliness?

Be clear, first, on what it is not.  It is not an oriental state of impersonal awareness produced by exercises and techniques.  It is not a withdrawal from material reality, an escape from the business of living.  It is not an inner conversation with self, an introspection, a “consecrated narcissism.”  It is not a sterile intellectualism, games with thoughts, and games with words, hidden rationalization.  It is not a reach for the extraordinary, for visions and voices. 

Infused contemplation is a loving awareness of God: one that is new, one that is divinely given, one that is general, one that is non-conceptual.  Each qualifying phrase will repay careful, prayerful, reflection. 

Sometimes it is a delightful attention to God, sometimes it is a dry desire for God.  The Lord determines the kind of contemplation we need at a given moment, either the delightful kind, which encourages us and draws us on, or the arid reaching-out that purifies us for still deeper prayer. 

In Scripture and in Tradition, there are never two kinds of holiness, one for the elite and one for the rest of us.  There is only one kind, and this contemplation is at the heart of it.  The Lord comes to us, and takes us into his home, even as he makes his home within us.

Contemplation is a lightning flash in the night, a surprised glance at what is moving in those rooms.

 

Un tierno conocimiento de Dios

 

Hay personas que asisten con regularidad a la Iglesia y que buscan algo más que lo que reciben el Domingo por la mañana.  Expresan una profunda hambre de Dios.

Se lanzan en su búsqueda del Señor, buscando orientación.  Son atraídos por lo bíblico una sola cosa.  Quieren gozar de la dulzura del Señor (Sal 27:4).  ¿Qué es esta dulzura?

Debemos tener claro, primero, lo que no es.  No es un estado oriental de conocimiento impersonal producido por ejercicios y técnicas.  No es retirarse de la realidad material, escapando del negocio de vivir.  No es una conversación interior con uno mismo, una inspección interior, un “un narcicismo consagrado.”  No es un intelecto estéril, juegos con pensamientos, y juegos con palabras, racionalismo escondido.  No es tratar de alcanzar algo extraordinario, visiones y voces. 

Contemplación infundida es un tierno conocimiento de Dios: uno que es nuevo, uno que es dado por lo divino, algo que es general, uno que no tiene concepto.  Cada frase calificadora dará una reflexión cuidadosa y llena de oración.

A veces es una regocijante atención a Dios, a veces es un deseo seco por Dios.  El Señor determina qué tipo de contemplación necesitamos en un dado momento, el regocijo, que nos anima y que nos acerca, o el acercamiento árido que nos purifica para una oración aún más profunda.

En la Escritura y en Tradición, nunca hay dos tipos de santidad, uno para la élite y uno para el resto de nosotros.  Solo hay un tipo, y esta contemplación está en el corazón de ella.  El Señor viene a nosotros, y nos lleva a su casa, aun cuando ya habita en nosotros.

Contemplación es un rayo en la noche, una sorprendida mirada a lo que se está moviendo en esos cuartos.