Quieting the noise so we may listen

We know not his ways, Psalm 95 reminds us.  And that is true for two reasons: our world is filled with noise; and our God is filled with silence.

Our world no longer hears God because it is constantly speaking, at a devastating speed and volume, in order to say nothing. (Cardinal Sarah, Power of Silence).  We are afloat in words, we are drowning in words.  Think how often we turn a radio on, a television on, just for the sake of background noise.  It is comforting to us, somehow. 

What that does is to distract our attention from ourselves.  It permits us not to have to look at ourselves.  We don’t like to do that, because our failures and our neglects and our sins, they bother us if we look too closely at them.  Better not to consider how we were made, and why we were made, and where we are supposed to be going.  Those things are too hard, and we have messed it up anyway too bad.  Noise is better.  Anesthetizing background noise. 

That frees us too from having to look at God.  We forget what he was for us as a child.  We go on with the flow of our world, elbowing God aside.  Like Adam and Eve, we would really rather do it our way.  It is too much trouble to learn about him, too much trouble to learn him, and those waters are all so muddy anyway.  It is better to go with the crowd, just to drift along, and to turn up the background noise just a tad.

If it is loud enough, and distracting enough, chances are good that he won’t break through to us.  Chances are good that we can fend him off.  Chances are good that we won’t have to think of him at all.  But, come a power failure, a spring storm, say, and a disturbing, deafening, stillness descends, and it threatens to swallow us up.

God’s first language is silence.  That’s why we noisy ones know not his ways.

 

Silenciando el ruido para que podamos escuchar

No han conocido mis caminos, nos recuerda el Salmo 95.  Y eso es cierto por dos razones: nuestro mundo está lleno de ruido; y nuestro Dios está lleno de silencio.

Nuestro mundo ya no oye a Dios porque habla constantemente, a una velocidad y volumen devastadores, para no decir nada. (Cardenal Sarah, El Poder del Silencio).  Estamos flotando en palabras, nos ahogamos en palabras.  Piensa en la frecuencia con la que encendemos la radio y la televisión, sólo por el ruido de fondo.  Es reconfortante para nosotros, de alguna manera. 

Lo que hace es distraer nuestra atención de nosotros mismos.  Nos permite no tener que mirarnos a nosotros mismos.  No nos gusta hacer eso, porque nuestros fracasos y nuestras negligencias y nuestros pecados nos molestan si los miramos demasiado de cerca.  Mejor no considerar cómo fuimos hechos, y por qué fuimos hechos, y hacia dónde se supone que vamos.  Esas cosas son demasiado duras, y lo hemos estropeado de todos modos.  El ruido es mejor.  Ruido de fondo que anestesia.  

Eso nos libera a nosotros también de tener que mirar a Dios.  Olvidamos lo que Él fue para nosotros cuando éramos niños.  Seguimos con el curso de nuestro mundo, apartando a codazos a Dios.  Como Adán y Eva, realmente preferimos hacerlo a nuestra manera.  Es demasiada molestia aprender sobre Él, demasiada molestia aprenderlo a Él, y esas aguas son todas tan turbias de todos modos.  Es mejor ir con la multitud, sólo ir a la deriva, y subir el ruido de fondo un poco.

Si es lo suficientemente ruidoso y nos distrae lo suficiente, es muy probable que no llegue a nuestro interior.  Es muy probable que podamos evitarlo.  Es muy probable que no tengamos que pensar en Él en lo absoluto.  Pero que tal si llega un corte de energía, una tormenta de primavera, y una inquietante tranquilidad desciende, y amenaza con tragarnos.

El primer lenguaje de Dios es el silencio.  Por eso nosotros los ruidosos no hemos reconocido sus caminos.