Presumption, ambition, vainglory
Pope Francis caught our attention just before Christmas when he spoke of the “sicknesses, illnesses, temptations” that weaken our service to the Lord. His ailment of rivalry and vainglory set me to thinking.
That sort of thing comes from Pride, our ancestors thought. It is one of the three defects born of that ancient source of sin: presumption, ambition, vainglory.
Presumption is an excessive desire for things that are beyond our strength. It comes from having too high an opinion of ourselves.
Ambition is the excessive love for honors, and dignities, and especially for authority over others. Because we think too much of our own strength, we can easily consider ourselves superior to others, we can want to dominate them, to impose our ideas upon them.
Vanity is an excessive desire for the esteem of others. When we have too high an opinion of ourselves, we naturally desire the approval of others. To be well-thought-of, to be well-spoken-of, we come to hunger for these things, to crave them. And we then begin to seek them for selfish purposes.
We want to be held in esteem for our own sakes, without referring that judgment to the God who made us from nothing. Or, we want to be held in esteem for essentially empty things (robes, insignia, honors, the Pope said), things undeserving of real praise. Or, we want to be held in esteem by those whose judgment is worthless because they are themselves caught up in empty things.
Vanity leads us to speak endlessly of ourselves, a shy and self-deprecating boasting, perhaps, but boasting nonetheless. Vanity leads us to a certain ostentation in dress, speech, and manner, to draw attention to ourselves, to seek a certain singularity in the way we live. Vanity leads us to play the hypocrite, satisfied with only the outward appearance of virtue.
Pope Francis made me think. How about you?
Presunción, ambición, vanagloria
El Papa Francisco cautivo nuestra atención un poco antes de la Navidad cuando hablo de las “enfermedades y tentaciones” que debilita nuestro servicio al Señor. La enfermedad de la vanidad y vanagloria me puso a pensar.
Ese tipo de cosas vienen del Orgullo, pensaban nuestros antepasados. Es uno de los tres defectos que vienen de aquella fuente antigua de pecado: presunción, ambición, vanagloria.
La presunción es un deseo excesivo por las cosas que están más allá de nuestras fuerzas. Viene de pensar muy alto acerca de nosotros mismos.
La ambición es un amor excesivo por los honores, dignidades, y especialmente por tener autoridad sobre los demás. Porque pensamos muy alto acerca de nuestra propia fuerza, muy fácilmente podemos considerarnos superior a los demás, podemos querer dominarlos, e imponer nuestras ideas sobre ellos.
La vanidad es un deseo excesivo de querer el aprecio de los demás. Cuando tenemos una opinión muy alta acerca de nosotros mismos, por naturaleza queremos la aprobación de los demás. Que piensen bien de ti, que hablen bien de ti, tenemos hambre de estas cosas, se nos antojan. Y empezamos a buscarlas por razones egoístas.
Queremos que nos aprecien por nuestro propio interés, sin dejar esa decisión al Dios que nos hizo de nada. O, queremos que nos aprecien esencialmente por cosas vacías (apariencia, los colores de los vestidos y las condecoraciones, dijo el Papa), cosas que no merecen un elogio real. O, queremos que nos aprecien aquellos cual opinión no tiene valor porque ellos mismos están atrapados en esas cosas vacías.
La vanidad nos conduce a hablar sin fin acerca de nosotros mismos, un alarde vergonzoso y de desaprobación, tal vez, pero aun así alarde. La vanidad nos lleva a una cierta ostentación en nuestro vestir, lenguaje, comportamiento, para llamar la atención, para buscar una cierta singularidad en nuestro modo de vivir. La vanidad nos lleva a ser el hipócrita, satisfecho con solo la apariencia exterior de virtud.
El Papa Francisco me hizo pensar. ¿Y a ti?