Learning to pray like big girls and boys

When we pray seriously, we are bound to fail.  Don’t be distressed by this.  Don’t be discouraged.  No, these are “comforting” words.

We think we fail because our minds wander.  We think we fail because distractions take us away from God.  This common experience is not usually very well understood, or very well handled.

When it happens to us, most of us, most of the time, jump to the wrong conclusions.  We assume that distractions are a sure sign that something is wrong with our prayer.  We assume that we are somehow at fault.  We assume that our distracted prayer is worthless.  But this way of looking at it is all wrong.

Before any fault of our own, distractions are an unavoidable result of our wounded human nature. The sin we inherited from our first parents made it so: the wound is standard issue for each child born.  And our own personal sins (including that of inviting yet other distractions into our lives), these continue to aggravate this wound.  This is a fact of life.

We do not really understand just how wounded we really are, how deep it runs, how multi-faceted it is, this wound, how resistant to change.  Ignorant of all these things, we always expect ourselves to be what we are not, what we cannot ever be, in fact.  We are not Masters of our imagination, our mind, our will.  They are wounded, they cannot jump to so well anymore.  There is no way “we” can eliminate mental wandering.  Distractions are inevitable.  There is no cure for them.

But that’s not the end of the story.  We “can” learn to live with them, and, more, we can learn to grow through them.  We can learn to pray like big girls and big boys.

 

Cuando oramos seriamente, de seguro vamos a fracasar.  So se angustien por esto.  No se desanimen.  Estas son palabras de consuelo.

Pensamos que fracasamos porque nuestras mentes empiezan a vagar.  Pensamos que fracasamos porque las distracciones nos alejan de Dios.  Esta experiencia tan común muchas veces no se entiende muy bien, o no se maneja muy bien.

Cuando esto nos pasa, a la mayoría de nosotros, casi todo el tiempo, nos apresuramos a las conclusiones equivocadas.  Suponemos que las distracciones son una señal segura de que algo está mal con nuestra oración.  Suponemos que de alguna manera tenemos la culpa.  Suponemos que nuestra oración distraída no tiene valor.  Pero esta manera de pensar está completamente equivocada.

Antes de cualquier culpa propia, las distracciones son un resultado imposible de evadir de nuestra naturaleza humana que está herida. El pecado que fue herencia de nuestros primeros padres lo hicieron así: la herida es un asunto normal para cada niño/a que nace.  Y nuestros propios pecados personales (incluyendo aquel de invitar a otras distracciones a nuestras vidas), continúan irritando la herida.  Esta es una verdad de la vida.

No entendemos que tan heridos estamos realmente, que tan profundo corre la herida, los múltiples aspectos que tiene, y como se resiste al cambio.  Ignorando todas estas cosas, siempre esperamos ser algo que no somos, en verdad, lo que nunca podremos ser.  No somos Dueños de nuestra imaginación, nuestra mente, y nuestra voluntad.  Están heridos, ya no se pueden apresurar tan fácilmente.  No hay manera que “nosotros” podamos evitar que la mente comience a vagar.  Las distracciones nos inevitables.  No hay remedio para ellas.

Pero eso no es el fin de la historia.  Si “podemos” aprender a vivir con ellas, y aun mas, podemos aprender a crecer a través de ellas.  Podemos aprender a orar como niños y niñas grandes.